Hoy martes 17 de marzo tendrá lugar a las 19:30 horas en el CSA La Libre de Santander, la presentación-lectura dramatizada de la obra de teatro Yo, la prisión ¡Confieso!. El libro, escrito por Marlon Húngaro y Ricardo Genelhú, plantea la cárcel como un “personaje” y cuestiona críticamente el sistema penitenciario a través de una dramaturgia que mezcla reflexión política y teatro. Ambos autores, reconocidos profesores universitarios en el campo de las ciencias criminológicas que, en este texto, se adentran visceralmente en el abolicionismo de la cárcel, hacen que la criminología se una, con maestría, a la dramaturgia y a la imaginación.

Aprovechando el evento, desde Briega, entrevistamos a uno de sus autores, Ricardo Genelhú. Él es un investigador y escritor brasileño en el área de la criminología crítica. Doctor en Derecho Penal por la Universidad Estatal de Río de Janeiro, con Posdoctorados en Política Criminal y Criminología en la Universidad de Hamburgo, miembro de “No Prison” y de otras asociaciones como el Instituto Caricoca de Criminología (ICC) o de la Asociación Lationamericana de Derecho Penal y Criminología (ALPEC) y autor de numerosos artículos y varios libros sobre la crítica a la prisión y al encarcelamiento.
Ricardo, una de las cuestiones que más llama la atención en el libro es que la prisión aparece como un personaje con voz propia. ¿Cómo surgió la idea de narrar el sistema carcelario desde esa perspectiva teatral y personificada?
Influenciado por Beckett, Genet, Ionesco, Pinter, etc., y con el objetivo de democratizar y popularizar la criminología, acercándola a sus destinatarios reales, escribí un libro anterior, que también es una obra de teatro, titulado «Contracenando com o diabo …no covil dos Criminólogos: uma peça de teatro do absurdo sobre a abolição das prisões» (Compartiendo escena con el diablo… en la guarida de los criminólogos: una obra de teatro del absurdo sobre la abolición de las prisiones). La idea del nuevo libro surgió después de que Marlon Húngaro y yo conversáramos sobre el anterior y consideráramos producir otra obra teatral, esta vez con la prisión como protagonista, porque ese es el papel que, lamentablemente, ha desempeñado en nuestra sociedad punitiva. Así pues, la idea solo pretendía revelar, en forma teatral, una realidad aterradoramente preocupante, que debería ofender la lucidez de las personas.
“Yo, la prisión ¡Confieso!” combina dramaturgia y crítica social. ¿Qué puede aportar el teatro o la ficción que quizá no logra un ensayo académico sobre las cárceles?
Creemos que la principal diferencia que puede ofrecer es la de transformar el discurso generalmente burocrático y, a veces, innecesariamente científico, presentado por la criminología, en una narrativa sencilla que, al estar disponible a nivel cotidiano, tiene más posibilidades de ser accesible para quien lo lea que, directa o indirectamente, pueden identificarse más fácilmente con la tristeza, la angustia o el malestar de la historia contada, sensibilizándose con la necesidad de su solución urgente.
Durante el proceso de escritura, ¿hubo testimonios, experiencias o lecturas sobre el sistema penitenciario que influyeran especialmente en la construcción de la obra?
Creemos que nuestra obra es el resultado modesto y simplificado de todo lo que ha influido en nuestra formación, ya sean experiencias personales o profesionales. Además de la innegable influencia de quienes vinieron y lucharon valientemente antes que nosotros e influyeron en nuestro inconformismo sobre la cuestión penitenciaria, siendo imprescindible citar, aunque sin agotar la lista y sin ninguna jerarquía: Raúl Zaffaroni, Sebastián Scheerer, Juarez Tavares, Juarez Cirino, Ignacio Anitua, Vera Andrade, Vera Malaguti, Alicia Alonso, Massimo Pavarini, Howard Becker, Bronislaw Malinowski, innumerables novelistas, dramaturgos, etc.
El libro plantea una crítica radical al modelo de castigo. ¿Qué debate social les gustaría provocar en los lectores después de terminar la obra?
Sin duda, el deseo era intentar llamar la atención de la gente, para que al menos aceptaran escuchar otra versión sobre el encarcelamiento. Una versión que pone de manifiesto el doloroso hecho de que la prisión es ingrata y que no es fiel a la mano que la alimenta, ya que todas las personas estamos sujetas a su arbitrariedad, independientemente de lo que hagamos o dejemos de hacer, es decir, de si nuestras actitudes se consideran delictivas o no.
La cárcel se presenta como una institución estructuralmente violenta. ¿Crees que el problema es cómo funcionan las cárceles o que la propia idea de cárcel es incompatible con una sociedad justa?
Creemos que es lógicamente imposible conciliar «sociedad justa (justicia social) y prisión», porque una contradice evidentemente a la otra. Donde hay prisión, la sociedad será necesariamente injusta, porque el confinamiento nunca dejará de ser selectivo. Para nosotros, el castigo, producido principalmente por la cárcel, no puede coexistir con la idea de civilización (natural en una sociedad justa). De hecho, revela exactamente lo contrario. Es decir, cuanto más castigamos, menos civilizadas demostramos ser, porque, etimológicamente, civilización proviene de ciudadano (civis), y el encarcelamiento sigue la lógica de un zoológico, en el que las personas se convierten en animales de exhibición con una intención que no ha funcionado durante más o menos 250 años. Así, al igual que los animales, encarcelamos solo para satisfacer el placer del espectador que cree que su culpa se verá aliviada por el castigo del nuevo chivo expiatorio que es elegido diariamente por la prisión.
En el libro la prisión “confiesa”, pero rara vez las instituciones lo hacen. ¿Crees que la sociedad realmente quiere escuchar lo que ocurre dentro de las cárceles o preferimos mantenerlo fuera de la vista?
Parece que la mayoría de la gente realmente no quiere saber lo que ocurre en las cárceles, prefiriendo mantener la tragedia del otro, aquella persona considerada criminal, lejos de sus propios ojos, oídos, paladar y tacto, simplemente por juzgar erróneamente que, como mínimo, se lo merecía. Aun así, creemos que no podemos rendirnos, ya sea porque muchas personas ni siquiera tienen la mínima fuerza para manifestarse y exigir justicia, o porque no podríamos dormir tranquilos sabiendo que la prisión, que es el mayor crimen cometido en la Tierra, seguiría engañando a casi todo el mundo y reproduciendo el crimen que ella misma afirmó que combatiría.
Si la prisión pudiera seguir “confesando” más cosas que no aparecen en el libro, ¿qué verdades incómodas del sistema penal creen que aún faltan por decir públicamente?
Quizás la más importante sea también la más difícil de digerir: que la cárcel canaliza nuestro sadismo, consistente en ver a otra persona pagar y sufrir por una deuda que es colectiva, porque solo así nos sentimos ilusoria y provisionalmente menos culpables que esa persona.
Vuestra obra cuestiona el sistema penitenciario como mecanismo de castigo. Si las cárceles no funcionan como se supone —rehabilitar, reintegrar—, ¿por qué crees que seguimos defendiéndolas como solución principal?
Probablemente, todavía se defiende, y casi siempre con vehemencia: a) porque la mayoría de las personas creen inocentemente que la cárcel realmente funciona para lo que se propone, aunque sea de manera ineficaz, lo que ya es suficiente para su mantenimiento; o b) porque las personas imaginan prematuramente que la sociedad se destruiría si se renunciara al encarcelamiento, lo cual es impensable para ellas; o c) porque algunas personas, aun conscientes de la arbitrariedad y la injusticia de la prisión, simplemente desean disfrutar viendo sufrir al otro en su lugar; aunque incluso hay d) quienes creen inocentemente que la prisión hace algún bien, o incluso mucho bien, y que es indispensable.
Si mañana se pudiera reformar radicalmente el sistema penal, ¿qué cambiarías primero y qué papel debería tener —o dejar de tener— la prisión en esa transformación?
Solo hay dos sistemas posibles. Uno es el que Sebastian Scheerer y yo denominamos en nuestro libro” Manifiesto para abolir las prisiones” como método homeopático. Según este, la mayoría de los tipos penales (delitos) se trasladarían a otras ramas del Derecho y se resolverían mediante el Derecho civil, tributario, laboral, administrativo, medioambiental, etc. Obviamente, sin la imposición de sanciones penales, es decir, mediante la aplicación de multas, reparaciones (indemnizaciones, compensaciones, etc.), cierres de actividades, prohibiciones de contratar, etc. Al derecho penal se le reservarían solo unas 8 o 10 conductas que seguirían, al menos durante algún tiempo, siendo consideradas delictivas, aquellas que hipotéticamente ocurren con más frecuencia o que más molestan a la sociedad. Pero el problema de este sistema es que sigue siendo selectivo, lo que hace que una minoría cargue con todo el peso de las desviaciones de la mayoría de las personas. El otro método sería el que llamamos quirúrgico. Según este, todas las conductas pasarían del derecho penal a las demás ramas del derecho, eliminando definitiva e íntegramente el castigo. Por muy radical que parezca, ¿no es eso lo que ya ocurre, y de peor manera, cuando descubrimos que la impunidad de la mayoría de los delitos se acerca, cuando no supera, al 90 %? s decir, no admitimos que los delitos sean resueltos de manera real y eficaz por las demás ramas del derecho, pero no nos molesta que ni siquiera se resuelvan, quedando impunes sus autores, a quienes a menudo ni siquiera llegamos a conocer. Se trata de una incoherencia que debe ser denunciada para que nadie más se atreva a seguir defendiéndola.
Quieres añadir alguna otra aclaración para quienes lean el texto…
Desde hace 250 años, la prisión promete prevenir los delitos mediante la aplicación de castigos. Teniendo en cuenta que prevenir significa hacer que los delitos dejen de ocurrir, es decir, que desaparezcan, ¿por qué cuanto más encarcelamos, más tenemos que encarcelar? Esta es una pregunta cuya respuesta invalida cualquier argumento en contra de la abolición de las prisiones, porque deja claro que el objetivo nunca fue proporcionar una sociedad más segura, ya que el mantenimiento de las cárceles contribuye a nuestra inseguridad, al multiplicar la delincuencia.
Por último, aclaramos que el objetivo de nuestro texto no es defender al delincuente, el delito, la delincuencia, porque ya están muy bien defendidos por quienes desean la continuidad de la cárcel, ya que esta los reproduce de forma incontrolable. El objetivo del libro es mostrar otra versión de un futuro posible, en el que, una vez eliminada la máquina reproductora de delitos, tengamos la oportunidad de vivir mejor, o al menos con alguna esperanza razonable y sensata.











