Actualización encausadas 1º de mayo 2023

Durante la manifestación del 1º de Mayo de 2023 cuatro compañeras anarquistas fueron detenidas bajo una acusación de daños graves y desórdenes públicos con agravante de disfraz. En los meses posteriores, los Mossos d’Esquadra efectuaron 8 detenciones más bajo las mismas acusaciones. Se trata de un total de 19 denuncias de daños por los destrozos que en la manifestación del día del trabajador se cometieron contra bancos y otras entidades del capitalismo. Las 12 compañeras se encuentran actualmente en libertad provisional a la espera de juicio oral.

En las últimas semanas, la fiscalía ha hecho llegar el escrito de acusación y pide, a cada una de ellas, hasta 8 años de prisión, además de una responsabilidad civil a pagar compartida de 478.000€ por los destrozos sucedidos durante la manifestación. Los embargos de sus cuentas bancarias y propiedades ya han tenido lugar. La fiscalía pide también órdenes de expulsión del Estado español muy detalladas, la prohibición a todas ellas de ir al centro de Barcelona durante 6 años y una pena multa de 6000€ por persona.

Esta elevada pena es resultado del control policial diario al cual todas nos vemos sometidas, así como del deseo del Poder de arruinar cualquier indicio de disidencia. Luchamos contra la autoridad y por unas vidas que merezcan la pena ser vividas. Su represión no nos para.

Solidaridad con las compañeras encausadas por el 1º de Mayo de 2023!

Fuente: Ègida

Iniciativa por la libertad de Antonio Arevalillo Sanz

Antonio Arevalillo Sanz (Segovia, 1958) desde los 9 años creció en el barrio bilbaíno de Zorroza y en los años 70, como otros muchos jóvenes de origen humilde, se dedicó al atraco de bancos, joyerías y supermercados. Desde su primera detención grave, en el año 1974, ha sido detenido docenas de veces, se ha fugado tres o cuatro veces, participó en la lucha de la COPEL y en el año 1983 fue uno de los protagonistas de una revuelta en la prisión de Basauri.

En total ha permanecido preso más de 42 años, 15 de ellos en régimen de aislamiento (Régimen Especial, FIES y art.10).
Hace unos años le fue detectado un tumor nasal que ha requerido cinco complejas operaciones quirúrgicas. En el año 2016 Antonio cumplió las ¾ partes de su condena por lo que cumple las condiciones para acceder a la libertad condicional.

Amig@s cercan@s de Antonio, junto a la asociación vasca GGEBE-ADDSI (Asociación para la Defensa de los Derechos Sociales e Individuales), han iniciado una campaña para exigir su libertad inmediata. Para apoyar las gestiones que estamos realizando pedimos que se envíen cartas y e-mails al Juzgado Central de Vigilancia Penitenciaria, el JVP nº5 de Madrid (responsable de Estremera), la SGIP y la Junta de Tratamiento de la cárcel de Estremera.

(Adjuntamos modelos de escritos con las direcciones a las que enviar)

Os agradeceríamos información sobre las iniciativas solidarias  así como el apoyo público a esta iniciativa. También os animamos a enviar cartas, postales, telegramas, etc al propio Antonio:


Antonio Arevalilo Sanz

Centro Penitenciario Madrid VII
Ctra M-241, km 5.750
28595 Estremera (Madrid)

GGEBE-ADDSI    contacto: ggebe-addsi@protonmail.com
Gizabanakoen eta Gizarte Eskubideen Babeserako Elkartea/Asociación para la Defensa de los Derechos Sociales e Individuales

Modelo de escrito y direcciones para enviarlo

Fuente: Tokata

Hacia la abolición de las prisiones. El desafío de una justicia antipunitiva

 
Las cárceles no son reformables, pero sí son sustituibles por otras formas de prevenir las violencias, de acompañarnos en los daños sufridos y de abordar los conflictos sociales e interpersonales que no nos expropien de nuestra capacidad de autogobierno.
 

Estamos completamente habituadas a desayunar con la noticia de un crimen, la imagen del presunto culpable, el señalamiento del delito y la petición de más o menos años de cárcel por su comisión. Nos hemos acostumbrado a que el código penal se haga cargo de los conflictos sociales, a que estos se individualicen como asuntos interpersonales —violencias entre culpables y víctimas—, a que la única forma de abordarlos sea el castigo declinado mayoritariamente en penas privativas de libertad. Hemos naturalizado, en suma, la idea de justicia como venganza y la existencia de las prisiones.

Cada vez más alejadas de los centros de las ciudades, la realidad de las cárceles se mantiene invisibilizada. Cabría hablar de una banalización del encierro. Para tratar de salir de esta trampa queremos poner el foco, en primer lugar, en las poblaciones que hoy habitan las prisiones del estado español y en su función social, para apuntar, después, formas antipunitivas de abordar las violencias sociales.

¿A quiénes encierran las prisiones?

Según el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), a diciembre de 2023 había 56.698 reclusos en este país. ¿Y quiénes son las personas encerradas en las cárceles del Estado español? Mayoritariamente, hombres, extranjeros y pobres.

El 93 % de los reos son, efectivamente, hombres. Para entender esta desproporción de género cabe tener en cuenta, de entrada, que la asignación de las mujeres al ámbito reproductivo ha desplegado históricamente dispositivos específicos —culturales, psicológicos, religiosos, médicos…— para su control social. Además, las consecuencias del encierro no se circunscriben a quienes viven tras los barrotes. Así, entre las personas allegadas y familiares de los presos, las mujeres cargan de manera específica con el coste económico, social y afectivo de la prisión. Pero además, la socióloga Elisabet Almeda nos recuerda que España es uno de los países con más mujeres privadas de libertad de toda Europa: si la media europea se sitúa entre un 3 y un 4 % de mujeres respecto de la proporción al total de la población reclusa, la española prácticamente la dobla (el 7,1 % de presos son mujeres a diciembre de 2023).

En cualquier caso, para reflexionar sobre esta aplastante mayoría masculina habría que fijarse en la siguiente cifra: de las más de 56.000 personas encerradas en prisión a diciembre de 2023, el 16 % lo estaba por delitos relacionados con violencias sexuales. La dimensión de la cifra debería plantear un desafío a cualquier propuesta política emancipadora: el feminismo carcelario está ganando terreno y parece urgente reforzar un abolicionismo feminista que deje de asociar esta palabra prioritariamente a la guerra contra las trabajadoras sexuales para convertirse en sinónimo de lucha contra las prisiones, como sucede por ejemplo en EE.UU.

Las estadísticas de las prisiones nos indican también que el algo más del 31 % de la población reclusa en el 2023 eran personas extranjeras, según el Consejo General del Poder Judicial. Su número casi triplica el porcentaje de extranjeros en relación a la población total (12,7 %, según datos del INE de 2023), aunque el tanto por ciento de nacidos fuera de España asciende al 17 %. En estos mismos datos, se recoge que 4.000 personas de etnia gitana viven encerradas en las prisiones españolas, catalanas y vascas. Sin embargo, en España, según el Informe Foessa, viven en torno a 725.000 personas gitanas. Esto es, un escaso 1,52 % de la población es de esta etnia cuando entre la población reclusa su proporción asciende al 7 %. Por último, de acuerdo a un informe del defensor del pueblo, “cuatro de cada diez mujeres en prisión son de etnia gitana”, un tanto por ciento extremadamente elevado.

Para entender esta desproporcionada presencia de extranjeros y de población gitana entre las personas encarceladas, el dato crucial es que más del 43 % de los reos lo son por delitos contra el patrimonio y el orden socioeconómico —contra la propiedad privada— y contra la salud pública —elaboración o comercialización ilegal de drogas estupefacientes y sustancias psicotrópicas, en su mayor parte—. En efecto, como explica Mark Neocleous en Maderos, Chusma y orden social, la construcción del delito está estrechamente vinculada a la historia del capitalismo. Desde las «leyes terroristas» —término marxista— que entre los siglos XVI y XVIII criminalizaron toda posibilidad de sobrevivir al margen del régimen salarial, hasta la contrarrevolución neoliberal que aspiraba, en palabras de Margaret Thatcher, a «cambiar el corazón y el alma» de las personas para subordinarlos, diríamos nosotros, a la salvaguarda de la propiedad privada. Y ya en plena crisis del propio neoliberalismo, en el año 2015 en el Estado español, asistimos a una reforma penal profunda que aumentó el castigo tanto de la pobreza como de la protesta. Esta fue la reforma que introdujo la prisión permanente revisable y otorgó una autonomía insólita al poder policial —mediante la popularmente conocida como ley mordaza— o identificó como actos terroristas conductas delictivas menores o incluso lícitas —como la posesión de determinados textos o la lectura de determinadas páginas web—, lo que Günther Jakobs llamó derecho penal del enemigo.

¿De qué nos sirven las prisiones?

Si los crímenes son, como acabamos de ver, una construcción histórica ligada a las necesidades de un sistema económico concreto —el capitalismo— ¿cuál es la función social específica de las prisiones dentro de una idea de justicia esencialmente punitiva? En su obra Geografía de la abolición, Ruth Wilson Gilmore explica cómo el discurso de ley y orden de finales de la década de 1960 se conjuga y declina, a partir de 1980, en un sistema industrial carcelario. La idea básica es que frente a la crisis de beneficio capitalista, el sistema económico se habría decantado definitivamente por el capital en detrimento del trabajo. ¿Resultado? Esto es el neoliberalismo, amigos: un Estado que abandona las antiguas funciones redistributivas del pacto fordista para reorientar sus instituciones de inversión pública hacia una gestión más represiva de las rampantes poblaciones excluidas.

¿Y cómo se traduciría esto en el estado español? Salvando las distancias –según estimaciones de Gilmore, el 50 % de la mano de obra en Estados Unidos estaría hoy sujeta a algún tipo de condena penal, algo lejos del caso español–, podríamos decir que el régimen del 78 desplazó en términos policiales la centralidad del orden público —eje de las políticas represivas durante la dictadura franquista— en favor de la seguridad ciudadana. Ello a partir de la nueva ley de policía del PSOE de 1986. La transición debía recorrer el largo camino desde un régimen político que castigaba y encerraba toda postura discordante con el orden ideológico impuesto, a uno destinado a velar por la denominada “seguridad ciudadana”. Este concepto encierra, en buena medida, las profundas limitaciones que desde un punto de vista democratizador —lo que debería ser la distribución real de los recursos materiales y de la capacidad de decisión entre la población— caracterizan la transición española. ¿A qué nos referimos con “seguridad”? ¿Estamos hablando de la protección de contar con el acceso cotidiano a los bienes que hacen nuestras vidas posibles: casa, comida, salud, educación, libertad de movimiento, ingresos decentes? ¿A quiénes incluye hoy el concepto de “ciudadanía”?

El régimen del 78 llegó para seguir confrontando la inseguridad que inevitablemente generan la defensa de la propiedad privada y la economía capitalista. Una economía que, frustrada por la imposible recuperación de las tasas de beneficio de su edad de oro, comenzaba a renunciar —en los países llamados centrales— a la producción de bienes, para centrarse, fundamentalmente, en la creación exclusiva de dinero. Resultado: un capitalismo financiero con cada vez menos posibilidades de distribución igualitaria y cada vez más necesidades de exclusión. ¿Y cómo administrar sociedades en las que la porción de población excedente no deja de crecer? En la provincia española, al igual que en el resto del mundo, se destinan cada vez más recursos —simbólicos y económicos— al fortalecimiento del sistema penal: más código penal, más policía y más cárceles, en vez de más democracia, poder popular y condiciones materiales y simbólicas para una reproducción social posible y democrática.

Un paradigma de justicia, más allá del castigo y más acá de la justicia social

Si la composición social de las prisiones es un reflejo tanto de la desigualdad social que resulta del sistema económico, como de tendencias punitivas que están presentes incluso en movimientos, que, en un principio, se entienden como defensores de derechos, como el propio feminismo, el camino a seguir desde posiciones políticas de emancipación social debería ser cuanto menos, su decrecimiento y, como horizonte, su desaparición.

En este sentido, en el estado español hay mucho por hacer. Es cierto que la tasa de ocupación de las prisiones españolas se sitúa entre las más bajas de Europa. No obstante, este es el único dato positivo del que puede presumir el gobierno español, pues todas las demás estadísticas dibujan un sobredimensionamiento de la respuesta carcelaria. Así, según del informe SPACE de 2023, en España hoy hay 119 presos por cada 100 mil habitantes, eso es, una cifra tres puntos superior a la media europea. Y su población reclusa pasa además más tiempo en prisión, en concreto 22,7 meses de media, frente a los 12,4 de la media europea. En los centros de la Administración General del Estado, la horquilla más frecuente de condenas es de entre cinco y diez años, sin embargo, en Europa va de los doce meses a los tres años, según datos del Ministerio de Interior. Por último, en España solo el 17 % de los internos cumple su condena en semilibertad, mientras que en muchos países europeos el régimen abierto se aplica a más de la mitad de los reclusos.

La impugnación que suele hacerse a los planteamientos antipunitivos y abolicionistas de la prisión es la de qué haríamos sin la cárcel para protegernos y curarnos de las violencias inevitablemente generadas por la vida social y las relaciones de poder que esta pone en juego. Además, tras un daño sufrido, las personas solemos necesitar reparación y las sociedades, restauración de los vínculos dañados. Por último, la ausencia de castigo se tiende a identificar con impunidad e indiferencia social frente a un agravio que, cuando es de calado —asesinato de algún allegado, por ejemplo—, acarrea consecuencias económicas, psicológicas y sociales difíciles de encarar.

Las respuestas a tales demandas no son sencillas y pasan por el desafío político, subjetivo, económico y social de transformar nuestro paradigma de justicia. Una apuesta que exige, en primer lugar, reconocer que la justicia entendida como castigo penal, no sirve en la práctica para los fines disuasorios, retributivos y rehabilitadores que justifican su existencia. Las cárceles no están habitadas por seres irreversiblemente malvados, sino en general, por personas especialmente perseguidas y convertidas en criminales reincidentes por unas leyes penales que satisfacen principalmente intereses de clase. Estas personas cargan de forma individual con un castigo inseparable de sus causas sociales.

Si la sociedad como tal no se responsabiliza de manera colectiva de lo ocurrido y convierte, de manera tramposa, los conflictos en delitos, la reincidencia siempre será la única salida. ¿Por qué una persona X roba, viola, asesina? ¿Cómo podría hacerse realmente cargo del daño infligido? ¿Qué responsabilidades habría de asumir la sociedad respecto a una violencia acontecida y por su incapacidad de haberla evitado? ¿Cómo cabría superar el par víctima/culpable –ese binomio individualizante, mistificador y, sobre todo, inútil–, en términos de sanación y prevención? ¿De verdad alguien piensa que la reparación particular y colectiva de un daño se obtiene vía venganza? ¿Es el castigo pensado como aislamiento un dispositivo útil en términos de transformación emancipadora, tanto para el reo como para la sociedad en su conjunto?

Estas no son preguntas nuevas, sino que provienen de una tradición abolicionista de las cárceles que se originó hace mucho, como la criminología crítica abolicionista de las décadas de 1960 y 1970 en el norte de Europa, y que ha bebido y sigue alimentándose copiosamente de los feminismos negros abolicionistas y de los movimientos antirracistas en Estados Unidos –desde Critical Resistance hasta Black Lives Matter–. Una tradición que ha inspirado y producido dispositivos de justicia anticarcelaria tanto a la interna de los propios sistemas judiciales estatales (experiencias de mediación, conferencias y círculos, por ejemplo), como fuera de estos marcos institucionales (experiencias de justicia comunitaria en América Latina, en centros sociales de ciudades europeas y, en general, entre poblaciones para las que el recurso a la policía y a los tribunales no es una opción). Una tradición viva que urge conocer, declinar en prácticas situadas y desarrollar allá donde los conflictos forman parte de las relaciones sociales, es decir, en todas partes, desde los rincones más íntimos de nuestras convivencias domésticas hasta las calles, los espacios educativos, los movimientos sociales y las fronteras internas de nuestros barrios y ciudades.

Las cárceles no son reformables, pero sí son sustituibles por otras formas de prevenir las violencias, de acompañarnos en los daños sufridos y de abordar los conflictos sociales e interpersonales que no nos expropien de nuestra capacidad de autogobierno de los mismos.

Marisa Pérez Colina

 

 

«Sin partes y en el módulo conflictivo ¿porqué? Yo quiero que me saquen de aquí»

Parte de la carta recibida por les compas de La Corda de una persona presa en Puerto III (Cádiz). Comenta, entre otras cosas, las deficiencias sanitarias especialmente en salud mental, y pone algunos ejemplos de ello.

Centro Penitenciario Puerto III. Mayo 2025

Espero que a la llegada de esta carta te encuentres tu y todos tus seres queridos en perfecto estado de salud y moral.

Me ha alegrado mucho tu carta pues te cuento un poco sobre mi y sobretodo lo que estamos pasando en esta cárcel. Mira X yo estoy en prisión por estafa, llevo 6 años y medio, y no sé aún lo que me queda. Esta cárcel, con perdón, es una puta mierda: no tenemos médicos, solo hay tres o cuatro y psiquiatras no tenemos, no nos ponen medicación para los brotes psicóticos y si vas a urgencias o a enfermería a que te pongan algún ansiolítico, te hartan a palos, te pegan. Me gustaría que denunciaras en tus redes sociales, pero sin poner mi nombre, todo lo que estamos pagando y todo lo que estamos pasando.

Yo estoy en el peor módulo de esta cárcel, en el módulo uno, máximo conflictivo y no quieren sacarme de aquí. No sé porque, yo no tengo ningún parte, llevo pidiendo un cambio de módulo dos o tres meses, y nada. Aquí en este módulo hay un niño de 19 años que debería estar en el módulo de menores. A este chaval le entran ataques epilépticos y no le mandan ningún tipo de medicación, también le entran ataques psicóticos y no le ve ni el psiquiatra, ni los servicios médicos le mandan ningún tipo de medicación. Está sufriendo malos tratos psicológicos por los servicios médicos, es una vergüenza.

Fuente: La Corda

 

«La jirafa y la torre». Cárcel de Estremera – Madrid

Compartimos aquí parte de una carta del compa Cherra, que escribe (a les compas de La Corda) desde Estremera. Pero especialmente queríamos mostrar este dibujo increíble, emotivo y precioso que nos ha regalado. Brutal el dibujo y el significado que la da, descrito en esta carta.

Buenos dias X, ¿como te va la vida?

Acabo de regresar a este presidio y me han entregado cartas tuyas. Muchisimas gracias por acordarte de mi. Por cierto, la postal “navideña” está guapisima.

No te he podido escribir antes porque he estado de cunda y no me acordaba de la dirección. Además, en los traslados me han perdido cosas, como una de las carpetas donde guardaba escritos y cartas.

Afortunadamente todo ha quedado sobreseido, por lo que en un año y medio, saldré en libertad definitiva. Esto me alegra y a la vez me da vértigo, pues no tengo donde ir y a mi edad y con el rechazo generalizado de esta sociedad, pues no es nada facil. Esto me genera una mezcla de depresión y ansiedad.

Te mando un dibujillo “La jirafa y la torre”. El patio que se ve es tal cual como es esta cárcel vista desde la peluquería del módulo 3, con la torre vigilándonos y una jirafa que pasaba por allí aquel día. He querido plasmar la comprensión y la compasión. Si te fijas, la jirafa forma un corazón con el preso, que soy yo. El dolor del reo, con ese contacto desaparece, yéndose por una de las arterias del corazón, a la basura y a la alcantarilla.

Espero que te guste. Si puedes mándame algun sello y si te apetece cuéntame como te va todo.

Un abrazo muy fuerte

CherrA

Fuente: La Corda

Esta tarde en Portugalete, ‘Orfanatos franquistas. Cárceles de niñas y niños. «Vigilar y castigar. De ayer a hoy»’

La infancia perdida, secuestrada, represaliada, encarcelada, violentada, torturada, etc., es un reflejo de la violación sistemática de derechos humanos que sufrieron los niños y niñas y sus familias en las instituciones franquistas (auxilio social, orfanato, colonias…). Instituciones a cargo de Falange y de la iglesia católica. Prisionarización que fue ejercida también sobre las personas mayores, las mujeres, las sin techo, las diversidades funcionales, las personas LGTBI y un largo etc.

Esta violación de derechos humanos (tortura, explotación laboral, robo de identidades…) ocurrió desde el inicio del franquismo y continuó más allá de la muerte del dictador: segregar, moldear, adoctrinar, vigilar, castigar, secuestrar, etc. a los niños y niñas de las familias antifascistas, haciendo pagar su “crimen” en sus propias carnes y en el de su entorno más cercano.

Esa represión de los años cuarenta siguió y abarcó a los hijos e hijas de las personas más vulnerables, es decir, a la disidencia, que el poder considera sobrante y responsable de su “propia miseria” y que no encaja con el modelo considerado válido y real por las clases dominantes.

Vigilar y castigar desde las formas más brutas a las más sutiles, que hoy en día continúan. Instituciones cerradas y segregadas que forman parte no sólo del fascismo, sino que también son inherentes a las llamadas democracias. El ayer y el hoy de un sistema capitalista y patriarcal que “institucionaliza”, encierra, aparta, castiga y vigila al “diferente” y a la disidencia y que, amparándose en las “buenas formas”, en la caridad, el estigma social, el por su bien (incluso la izquierda también colabora con estos procedimientos), continúa y continúa.

Buenrollismo” del que la izquierda no se escapa. Domesticar la diversidad, a la que hay que excluir, pero que a la vez es necesaria y utilizada para mantener el sistema policial y represivo en una sociedad desigual y autoritaria como es el sistema capitalista y patriarcal. La iglesia y los poderes fácticos intentan blanquear esa represión, poniendo el foco únicamente en los abusos sexuales, sobre todo en niños, y obviar u ocultar todo lo demás, incluso metiendo en el mismo saco esos abusos sexuales sufridos por niños y niñas en los “orfanatos” con los ocurridos en colegios de pago. Esos abusos formaban parte del sistema carcelario que la iglesia y los fascistas potenciaban y defendían.

Verdad, justicia, reparación y no repetición es lo que exigimos. El perdón que se lo guarden para los confesionarios. Verdad, justicia, reparación y no repetición para los hijos e hijas de los antifascistas y para los niños y niñas de la desigualdad y de la disidencia.

Presentación de «Feminismo anticarcelario. El cuerpo como resistencia», con Alicia Alonso (autora) y Ángeles Cabria. El 28 de mayo, en La Vorágine

La obra que se presenta es una importante invitación a la lectura y reflexión acerca de la negatividad de la institución penitenciaria que, en el presente caso, se enfoca particularmente en el examen de las afectaciones sobre la condición femenina que semejante institución provoca, desde una mirada histórica, transversal y también actual.

Esta obra tiene que ser leída en muchos ámbitos distintos: sociales, políticos, académicos, periodísticos, divulgativos. Es una obra que inscribe en esa grieta que sabe separar muy bien lo que es una supuesta “cárcel legal” (propia de un universo prescriptivo o del “deber ser”) de la “cárcel real”: la que cotidianamente alberga la pobreza, las enfermedades, las exclusiones del proyecto de explotación y dominio que se nos presenta como expresión del progreso contemporáneo. Quienes quieran adentrarse en ese mundo olvidado y no ser siendo indiferentes, tienen aquí un material imprescindible para una lectura que convoca a la reflexión, pero también a la acción.

Aplazamos la presentación en Dlibros de «Por qué abolir la carcel». En su lugar, «Huelga de hambre, sed y palabras en respuesta a la represión. Conversatorio con Jose Alfredo Miranda y Alicia Alonso»

Lo primero, pediros disculpas a todes por el cambio de planes con tan poco margen de tiempo. Lo segundo agradecer las facilidades y comprensión a Dlibros para conseguir llevar a cabo este cambio.

A quienes estabais con ganas de la presentación del libro «Por qué abolir la cárcel» en breve concretaremos una nueva fecha.

El motivo de este trastoque en los planes se debe a la posibilidad de dar voz a José Alfredo Miranda. Para quienes no lo sepáis, José Alfredo estuvo este comienzo de año en Huelga de hambre y sed durante 7 días, acabada por alimentación forzosa, e incomunicado durante otros 85 días, en el manicomio (psiquiátrico) de Santa Isabel en Palencia.

Hace menos de un mes que puede pedir permisos de salida y se encuentra ahora mismo en Cantabria, por lo que decidimos cederle el espacio para que nos cuente de primera mano su lucha y los abusos que viene denunciando desde hace tiempo.
Desde henas, vemos los manicomios como otro modelo de cárcel y también abogamos por su abolición.
Nuestra compañera Alicia Alonso, hará al comienzo, una introducción sobre las instituciones totales de encierro.

Gracias por la comprensión, esperando veros el jueves 15 a las 19.30h en Dlibros de Torrelavega

Manifiesto XXXVI marcha a Topas

NI AISLAMIENTO, NI DISPERSIÓN, NI PERSONAS ENFERMAS EN PRISIÓN

La cárcel castiga la pobreza y no rehabilita ni consigue la reinserción social. Por ello seguimos reivindicando

1. NO AL ABANDONO SANITARIO

Exigimos una mayor atención sanitaria de especialistas, tanto en el plano mental como el físico, para paliar los efectos de enfermedades que se agravan por la falta de atención y las condiciones de vida. Es humano pedir la excarcelación en los casos más graves de enfermedades incurables para no pasar los últimos días de vida en centros de exterminio.

El número de suicidios se multiplica por 7 respecto de lo que ocurre fuera de los muros. Las emergencias se atienden mal y tarde.

El personal sanitario se convierte en escudo de los carceleros para administrar la contención mecánica y/o química

Como alternativa de acción rápida, fomentamos la autogestión de la salud mediante la solidaridad y el apoyo mutuo entre las personas presas, su entorno y los grupos de apoyo.

2. NO AL TRABAJO ESCLAVO

Conocidas empresas y grandes centros comerciales se lucran de la sobreexplotación que legalmente practican con la población reclusa mediante salarios de miseria (entre doscientos y trescientos euros mensuales, y, en ocasiones, por debajo del euro/hora) y la vulneración de derechos laborales.

No existe un baremo o lista de acceso a los puestos de trabajo, y los despidos son ceses sin precisar motivo justificado. Los productos y servicios que se obtienen del trabajo se destinan a empresas externas (grandes superficies comerciales como el Corte Inglés, Carrefour, o Mercadona) o para la propia Administración carcelaria a través de los oficios en cocinas, economato, etc.

No existen despidos sino ceses que no requieren ser justificados.

La mujer continúa siendo discriminada laboralmente tanto en la modalidad del puesto adjudicado, menos cualificado, como en el salario que recibe.

3. NO AL AISLAMIENTO PENITENCIARIO

La Justicia penal establece como condena solamente la privación de libertad. Sin embargo el sistema penitenciario, imponen la condena en clave de CASTIGO, con constantes extralimitaciones de los responsables carcelarios y el silencio cómplice de los jueces de Vigilancia Penitenciaria.

El Aislamiento Penitenciario, el FIES, el Régimen Especial, los Primeros grados, el Régimen Cerrado… son mecanismos represivos que tratan de contener toda iniciativa de las personas presas por mejorar sus condicion

La cárcel utiliza el método de combinar premios y castigos en función de la sumisión y la docilidad obtenida frente a las actitudes de quienes no se han ido doblegando. Es cierto que el número de personas en primer grado se ha reducido últimamente, pero sólo en la medida que la Administración va consiguiendo sus objetivos de sumisión. La pena formal es la privación de libertad. El aislamiento y la dispersión son castigos extrajudiciales que van más allá de dicha condena y deterioran las relaciones entre la persona presa y su entorno afectivo y familiar.

¡Contra el trabajo esclavo, el abandono sanitario y el aislamiento penitenciario!

¡Ni aislamiento, ni dispersión, ni personas presas en prisión!

Fuente: Tokata